Las imágenes, tomadas por Uri Gordon y Gabriel Valansi en abril de 2026, son metáfora pura. Es la caída, o el estado actual, de la izquierda, judía y argentina. Son fotos de los días previos al cierre definitivo de la enorme sede local de Hashomer Hatzair, ubicada, ahora, en una casa en Villa Crespo.
Hashomer Hatzair es el movimiento sionista socialista surgido en Polonia en 1913, cuyo mayor integrante fue Mordejái Anielewicz quien en 1943 y a los 23 años lidero el Levantamiento del Gueto de Varsovia, el cual sorprendió a los nazis al hacer frente a su maquinaria asesina durante cerca de un mes, eliminando a varios de sus oficiales con armas viejas y gastadas. En Argentina, señala Dario Teitelbaum, Al Hamishmar, el primer número del periódico argentino de esta organización, apareció en el año 1926 y ya consignaba su dirección en Alsina 2540, Balvanera, lo que daba cuenta de su presencia incluso previa.
Ciertamente, cualquier imagen que incluya símbolos judíos y el desastre puede remitir a un pogrom de la Europa Oriental, o al reciente 7 de octubre. Acá, sin embargo, no hay tragedia, solo desolación. La de los sueños rotos, como la convivencia entre judíos y palestinos, como la idea de un judaísmo humanista y no fundamentalista, que intente, al tiempo de preservar su identidad, convivir con el mundo en pie de igualdad. Así, entre vidrios rotos, asoma un cuadro que enmarca a Shimon Peres e Itzhak Rabin celebrando la paz. Cerca de allí, un periódico Nueva Sión, continuador de Al Hamishmar, pide “parar el fanatismo colono”.
Pero no es solo Hashomer. Es Hashomer de Argentina, y entonces la caída no puede menos que remitirse a la caída de los populismos latinoamericanos de inicio de este siglo, que en todo el continente lograron reducir la brecha entre las distintas clases sociales sintetizado en la Hultza, la casaca, que apreció tirada reivindicando al kirchnerismo. .
¿Qué sucedió en el medio? ¿Cómo llegamos hasta aquí? Un argumento habitual, es la distancia que las masas percibieron entre la narrativa y la realidad, entre las consignas y las vidas de quienes las proclamaban. Sin embargo… ¿no es ese el material del que está constituida la política? ¿Qué sector político y social es absolutamente coherente con sus enunciados?
En este punto, viene bien lo formulado por Alejando Dolina, cuando señalaba que, dentro de estos espacios “hay también un montón de personas crueles, corrompidas, infieles o equivocadas, pero bajo un pensamiento que, de algún modo y aunque sea mínimamente, los sostenía a pesar de sus debilidades o sus vicios o sus pecados”.
Otra hipótesis. Los proyectos colectivos parecen, inevitablemente, colisionar frente a los nuevos faraones. Porque tal como lo señala Moacyr Scliar en su Hagada de Pesaj, “Todavía existen faraones, todavía existen esclavos. Los faraones modernos no construyen pirámides, pero construyen estructuras de poder e imperios financieros. Los faraones modernos ya no recurren al látigo; someten corazones y mentes mediante métodos sofisticados. Sus esclavos se cuentan por millones en este mundo en que vivimos”.
Hoy, cuando todas las distopías que muchos si quiera imaginábamos ya son parte de la realidad cotidiana, bien haría recordar aquel himno de los partisanos polacos, que en una situación infinitamente peor que la actual, cantaban “Nunca digas que esta senda es la final, acero y plomo ocultan un cielo celestial. Nuestra hora tan soñada llegará, redoblará nuestro marchar: ¡Henos acá! Desde las nieves a las palmas de Sión”.
La historia, nunca termina. La dialéctica hegeliana permite pensar que estas imágenes no son más que fotogramas de una película que continúa, tal como lo exhibió el pueblo judío tras 2000 años de diáspora.
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