EIN HASHOFET – Estuvo siempre detrás, de la historia, de la política, de las guerras y las luces y las sombras de Israel. No fue ni es popular, pero muy probablemente muchos israelíes deben sentir por él un orgullo que en nada se compara con los sentimientos hacia ciertas figuras públicas, a las que increíblemente el mundo les otorgó y otorga un mayor lugar.
No en vano, Eitan Ram, de 76 años, fue elegido como uno de los cien israelíes más destacados en un libro de próxima aparición, así como un “Israelí diez” por un programa de televisión del mismo nombre, que recopila historias de hombres como él, ejemplares que no abundan ni en Israel ni en el mundo entero.
La entrada a estas categorías, es sin dudas para pocos. No alcanza con sobrevivir, pelear, formar una sana y gran familia, realizar hazañas deportivas, ayudar a miles, o inspirar a otros tantos para superar sus obstáculos en la vida. Además, es necesario ser una persona íntegra, aspecto que coinciden adjudicarle a Eitan cualquiera de las personas que lo haya tratado.
Nada de esto pasaba por la cabeza de aquel niño de tres años, que viajaba en un vagón especial para judíos que escapaban de Polonia a Rumania. De hecho los únicos recuerdos que Eitan tiene de aquel momento, son los de un tren atravesando un túnel, la oscuridad, el miedo, el llanto, y un fuerte golpe, que resultó ser de uno de los soldados nazis que controlaban a los pasajeros.
Corría el año 1939, y aquel viaje de pesadilla, era también el sueño de la salvación para Eitan y su madre, que jamás imaginó el destino que le depararía salir de Palestina.
La partida había sido un año antes, cuando la familia decidió que era hora de que Eitan, de dos años, conozca a sus abuelos maternos, residentes en Lodz, Polonia. Madre e hijo se embarcaron así en un viaje planificado como una simple visita, que a la postre finalizó en un complejo escape que dejó marcas imborrables en ambos. Al poco tiempo de que llegaran a Polonia, Hitler rompió su pactó con la Unión Soviética e invadió este país, con los que a los judíos se les dio tres meses para abandonar sus casas y trasladarse al gueto. El comienzo en la construcción de la muralla, fue el hecho que convenció a la madre de Eitan de la necesidad de regresar a su hogar en Haifa, utilizando el pasaporte británico que ambos poseían debido a al Mandato que el Reino Unido había logrado sobre Palestina. La salida, sin embargo, no sería tan sencilla, pues las autoridades polacas exigieron un gran soborno para autorizar su salida, con lo que la madre de Eitan debió ofrecer sus servicios de enfermera a un contacto rico que se encontraba convaleciente debido a los golpes recibidos por parte de la Gestapo. “Al cabo de su cura, este hombre, creo que de nombre Lutek, le ofreció un pago que no era suficiente para lograr la salida del país, pero fue su hijo de 16 años quien lo instó a darle todo el dinero que necesitábamos para nuestro escape, ya que mi madre prometió devolvérselo en algún momento, y el joven dijo que veía en los ojos de ella su sinceridad”, recuerda Eitan en una cálida mañana del Kibutz Ein Hashofet, bajo el sonido de diversos tipos de pájaros y el lejano mugido de las vacas.
Antes de partir, su madre escribió en la ropa de Eitan la dirección de sus abuelos en Lodz, así como la de su padre en Haifa, debido a su terror por extraviarlo. “Cuando llegamos a Israel, durante un tiempo, ella se alteraba en algunos momentos por no tenerme pegada a ella, ya que durante los tres meses del viaje, nunca había separado su cuerpo del mío”.
El primer, y único destino posible, fue Rumania, donde las autoridades le permitirían dirigirse a la Italia de Mussolini y aliada de Alemania, pero solo a cambio del oro que llevaba, por lo que la mujer dejó allí sus anillos y todas las pertenencias de valor que le quedaban. Recién en aquel país pudieron desprenderse del Maguen David amarillo, pero igualmente debieron dirigirse en un vagón especial para judíos con destino a Nápoles. “Al llegar a la estación, mi madre no sabía qué hacer y llamó a un taxi, aún cuando no tenía dinero. El chofer, que observó que bajábamos del vagón de los judíos, nos dijo que nos ocultáramos en el piso, que él nos llevaría a un lugar seguro, porque el también era judío”. El final del recorrido, fue una vieja casa de tres pisos perteneciente a la Agencia Judía, donde Eitan y su madre vivieron semanas en los escalones, en medio de decena de judíos y sin ningún contacto con el exterior. “Fue un tiempo muy terrible, pero en una ocasión, en medio de la noche, una puerta se abrió por primera vez en meses y un joven nos ordenó que tomemos nuestras cosas y vayamos con él”. Así, Eitan y su madre arribaron al puerto de Nápoles, para subirse a un barco de la organización judía de inmigración clandestina a Palestina, “Alia Bet” que los conduciría a Grecia para luego transportarlos a Haifa. “Recuerdo muy bien cuando desde el barco comencé a ver pájaros, y cuando mi madre me mostró una ciudad a lo lejos, diciéndome que eso era Israel”. Debido a su delgadez y las enfermedades que lo aquejaban, Eitan pasó las primeras semanas en una clínica de Haifa, donde además lo pelaron debido a la cantidad de piojos que tenía. Al cabo de un tiempo, fue llevado a la casa que la familia alquilaba a una familia árabe vecina, cuya madre le hizo sentir a Eitan que podía ser un niño querido, no solo por sus padres. “La mujer árabe me vio, me dijo algo en árabe, y me besó, pese a que me encontraba sucio debido al viaje de regreso de la clínica. Fue el gesto de una gran mujer”. Al cabo de un tiempo, apareció también Lutek, aquel hombre rico que había posibilitado la salida de Eitan y su madre. Había logrado llegar a Israel gracias a la compra de un avión, que ofreció como regalo al piloto, a cambio de que éste lo saque de Polonia junto a su familia. “Se acordaba mi nombre, nos buscó, y una vez que nos ubicó nos invitó a su hermosa casa en el Monte Carmel. Recuerdo que me subió a sus brazos, me pellizco la mejilla y me hizo doler mucho, pero lo más importante, fue que le dijo a mis padres que podían olvidarse de los 300 pounds que le debían, que setenta años atrás era mucho dinero”.
Los años siguientes traerían la calma y la normalidad para Eitan. Pero no duraría mucho. El 29 de noviembre de 1947 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobaría la Resolución 181, que recomendaba la partición de Palestina para crear un Estado judío y otro árabe. Las agresiones de ambos bandos se intensificaron, y la familia de Eitan decidió brindar su aporte para la defensa. “Mi padre, que por ese entonces tendría 40 años pero era alto y grande, se enroló en el ejercito de defensa, la Haganá, que lo envió a Bet She’an, una ciudad que entonces estaba en dominio árabe, cercana a la frontera con Jordania. El tenía experiencia militar pues había servido en la caballeriza de la armada de Polonia, y de hecho le dieron un caballo blanco al que llamaron ‘Hinga’, que en árabe significa ‘feliz’, así como una potente arma británica, la Tommy Dunn”. Para estar cerca de su esposo, la familia fue trasladada al Kibutz Mesilot, lugar en el que Eitan tendría el privilegio de vivir una noche histórica.
“Para 1948 tenía yo once años. Recuerdo que aquel viernes 15 de mayo todo el Kibutz se dirigió al comedor, a eso de las cuatro de la tarde, para oír la única radio que teníamos. Los chicos nos sentamos en el piso, y allí lo escuché a Ben Gurión, declarando nuestra independencia. Recuerdo también a la filarmónica tocando el Hatikva, y a todos llorando, sin movernos. Regresamos al comedor unas horas más tarde, y recién allí comenzó el baile, algo primitivo, la Hora, cuando un polaco empezó a tocar la armónica, ya que no teníamos ni tocadiscos”.
Los días siguientes serían los del ataque de siete países árabes y los de la guerra. “Todas las noches mi padre dejaba nuestra pequeña habitación para ir a luchar en su caballo. Así fue durante medio año. Cierta noche me desperté en el cuarto en la Casa de Niños, el lugar en el que vivía junto con los demás chicos del Kibutz, y oí fuertes bombas. Tenía mucho miedo por mi padre, y nos dijeron que había empezado la guerra contra Jordania, por lo que si escuchábamos sirenas o nuestras cuidadoras o morot nos lo decían, deberíamos dirigirnos al refugio”. Para Eitan, la vida entre el refugio y su hogar se convirtió en algo cotidiano, ya que además de la guerra con Jordania comenzaron a partir aviones de Siria y trenes de Irak con el objetivo de bombardear Jerusalén y Jenin, en cuyo paso obligado por Mesilot aprovechaban para lanzar ataques contra ese asentamiento judío. “Vivir en el refugio bajo tierra, sin luz, agua ni nada era realmente muy duro. Recuerdo especialmente el día en que escuchamos tres bombas que explotaron muy cerca, y cuando salimos vimos a tres Kibutznik muertos, y varias casas destruidas”. Al cabo de un tiempo, los combates fueron cesando, pero nunca desaparecieron. “Si bien todos los árabes del Valle de Emek, donde estaba nuestro Kibutz, partieron a Jenín, en lo alto del monte Gilboa, que dividía nuestra área con la de ellos, colocaron decenas de cañones mediante los cuales disparaban con cierta frecuencia, durante varios años”. Pero el país y Eitan debían seguir haciendo sus vidas, que en el caso de este último consistió en jornadas de trabajo en un lago artificial de peces, pescando con una red, durante tres horas por día, y en el tiempo restante asistiendo a la escuela, a veces a caballo y otras veces en tractor. Llegaría así el tiempo de su propio servicio militar, el cual sería central en su vida. En el ejército Tzahal, se formó en la conducción de tanques, y llegó al grado de oficial. Su retiro, sería recién a los 54 años, luego de pelear en las guerras del 56, el 67, el 73, y el 82. “Todas las luchas fueron difíciles, las dos oportunidades en las alturas del Golán, como en el desierto del Sinaí o en el Líbano, pero saber que en este caso mi familia estaba salvo, aunque sea bajo un refugio, me daba mucha fuerza. Recuerdo una noche en la frontera con Siria, cuando atacaron nuestro tanque y temí morir, no regresar a Israel, pero el sentir que mis compañeros de combate también eran mi familia, me dio el valor que necesitaba. En realidad, siempre fui optimista, pensé en un futuro mejor, y debo decir que los recuerdos de la guerra no me atormentan”.
Esa familia que le representó la fuerza en el combate, había comenzado a formarse en un campamento al que Eitan asistió junto a otros jóvenes del Kibutz. Allí vio a una hermosa chica, que le quedó grabada en su mente. “Bastante tiempo después, cuando ya estaba en el ejército, iba en un micro y la vi subir. Me acerqué, hablamos algo, y luego no podía dejar de pensar en ella. Ya sabía donde vivía, así que decidí enviarle una carta en que le escribí: ‘Nos encontramos en el micro, pasaron unos días, pero siento que no puedo dejar de viajar con vos. Así que te quiero preguntar si puedo enviarte otra carta’”.
Eitan informo al guardia de la base en que cumplía su servicio militar, que esperaba una carta muy importante de una mujer de nombre Noa, del Kibutz Ein Hashofet, por lo que de recibirla le solicitaba que se la entregase en mano. La respuesta llagaría a los diez días. “Me encontraba jugando al fútbol, como arquero, y vino esta persona a decirme que tenía la carta. Yo no sabía qué hacer, tenía que quedarme jugando, aunque ya no pensaba en el partido, me metieron dos goles aunque por suerte ganamos”. En la carta, Noa decía que estaba de acuerdo con seguir la correspondencia, que finalmente se convirtió en noviazgo y convivencia, cuando ella lo invitó a vivir en su Kibbutz, Ein Hashofet. “Corría el año 1954 y recién había terminado el ejercito. Al llegar al Kibutz le dije al secretario general que me gustaban los deportes y quería ser profesor de educación física, pero me mandaron a trabajar en jardinería y luego a estudiar para manejar un tractor. Luego de dos años, cuando ya estaba casado y con un hijo, volví a preguntarles si no me podían dar la oportunidad de estudiar, pero no era nada fácil que el Kibutz pague estudios, por lo que primero me probaron como profesor en una colonia, y viendo que los chicos me querían, me permitieron estudiar en el Instituto deportivo Wingate”. Eitan trabajó como profesor de gimnasia durante casi veinte años, hasta 1979. De aquellos tiempos, recuerda especialmente su trabajo con la selección nacional femenina de Voley. “De joven, entre los 20 y los 35 años fui un buen jugador de Voley, y participé en varios torneos. Como ya era profesor de educación física, me convertí en entrenador de juveniles. Me fue bien y a los 45 años me ofrecieron dirigir la selección nacional femenina, con lo cual empecé a viajar mucho y conocí varios países de Europa. Sin embargo, esto no era fácil, ya que tenía una familia y por otro lado mis ingresos iban para el Kibutz, pero este no me daba los medios de transporte que necesitaba, por lo que a los dos años regresé al Kibutz para volver a trabajar como profesor en el secundario”. Lo que jamás abandonaría Eitan, sería su pasión por la práctica y las hazañas deportivas. Durante su vida, corrió varias maratones, incluyendo tres completas de 42 kilómetros, la de Tiberias, la de Beer Sheva, y otra en el desierto del Negev. También, recorrió los 45 kilómetros que separan su Kibutz actual Ein Hashofet del de la ciudad de su infancia, Bet She’an, solo acompañado por dos de sus cuatro hijos, quienes en bicicleta le llevaban la hidratación. Tal vez debido a razones cabalísticas, para su cumpleaños número 70, se impuso el desafío de subir en bicicleta siete montañas durante los siete días de una semana, con lo cual recorrió las alturas de Yokneam, el Monte Carmel, Mujaka, Gilboa, Gibat Hamore, Bania, y finalizó subiendo 35 kilómetros por el Hermon, en los límites de Israel con Siria.
Con todo, si Eitan había elegido ser profesor no era solo por su amor al deporte, sino también a la formación de los jóvenes y desprotegidos. Para comienzos de la década del ochenta, empezó a observar que existía una gran cantidad de niños con problemas familiares y de adicción, lo cual, señalaba, contrastaba enormemente con sus alumnos provenientes de los Kibutzim, quienes tenían todas sus necesidades afectivas y materiales cubiertas. “Yo sentía que todos esos chicos con problema eran también mis chicos, por lo que propuse al Kibutz recibir a un grupo de treinta, con los que trabajé durante seis años”. La experiencia fue muy positiva, pero Eitan decidió darle una vuelta de tuerca. “Comencé a oír sobre la gran inmigración rusa, y entendí que era el tiempo de ayudar a esos chicos, por lo que propuse al Kibutz hacer la misma experiencia pero con estos inmigrantes. Para ello, conseguí también financiamiento de la Agencia Judía y me dirigí a los Centros de Absorción para buscar a estos chicos”. El proyecto fue tan exitoso que la Agencia Judía decidió enviarle más niños al cabo de tres años, y replicó también el programa en diversos Kibutzim. A comienzos de los noventa, la caída de la Unión Soviética produjo que la inmigración rusa, que ya era alta, creciera exponencialmente, con lo que Eitan dobló la apuesta y propuso a la Agencia Judía trasladarse a Rusia para informar y ayudar a los futuros inmigrantes, “Estudié desde cero el idioma ruso, viajé y viví dos años, en un sitio bien alejado llamado Tratastan cerca del rio Bolga. Fue muy difícil, nevaba permanentemente y tenía que seguir estudiando el ruso, pero por teléfono, ya que no había profesores por allí. Temí enfermarme si seguía viviendo solo en un lugar tan alejado, más a mi edad, y regrese a Israel a los dos años”. De regreso en el Kibutz, su experiencia en el trabajo con inmigrantes lo convirtió en número puesto para conducir el programa de absorción que se desarrollaba en Ein Hashofet, espacio en el que trabajó sus últimos diez años antes de la jubilación. “A los 71 años, cuando me retiré me propusieron que descansara un poco, pero el descanso no es para mí, por lo que propuse conducir un programa de absorción de familias en el Kibutz, en unas casitas que el Kibutz tenía desocupadas”.
Cercano a esas casas es donde se lo puede ver hoy en día, a veces desde muy temprano, luego de alguno de sus entrenamientos de madrugada, barriendo la entrada de las mismas, arreglando cables o podando algún árbol. Con la satisfacción que le causa residir en el mismo Kibutz al que llegó de joven. ”Me gusta el Kibutz de ahora. Porque son hermosas las historias sobre el Kibutz original, pero vivir era otra historia, no era nada fácil. Ahora hay más libertad, antes uno no tenía su propio dinero, lo que daba una sensación como de estar prisionero, y lo hacía a uno depender de la familia y los amigos. A mí siempre me gustó el ciclismo, y hoy si quiero una bici nueva, puedo tenerla. Es un cambio muy importante para la vida misma”. Sin embargo, su opinión no es tan optimista al referirse al país. “Extraño un poco el Israel de los primeros tiempos, era una mejor sociedad, con mejores y más claras relaciones y pensamientos, Antes uno se podía pelear con el vecino pero nada era grave, era como un fuego pero sin humo. Ahora el fuego no desapareció, pero también hay mucho humo, ya no son tan claras las relaciones, hay mucha más individualidad”. Desde su particular óptica, tampoco vislumbra logros importantes en el campo político. “Continúo en la izquierda, no la extrema sino en la centroizquierda, por lo que estoy a favor de que Palestina busque el Estado Palestino, tal como lo hizo Abbas el año pasado en la ONU. Creo igualmente que habrá que crear nuevas fronteras, ya que las del 67 no son del todo seguras para Israel, pero se las pueden modificar y creo que de esta forma Hamas y los grupos terroristas tendrán cada vez menos fuerza. Pienso que necesitamos hablar con los árabes sobre paz, debemos dividir Jerusalén, y podemos cambiar nuestras fronteras. Pero los últimos gobiernos y probablemente los que vengan, no creen en los árabes como interlocutores, para ellos lo mejor no es hablar sino mantener el statu quo, solo apelando a la defensa”. Con todo, siempre dejará en claro su amor por su país. “Lo mejor que tenemos los judíos es Israel. Se puede ser comunista, o de derecha, tener los más diversos pensamientos, pero lo mejor de todo es que tenemos un país y un gobierno propio. Todas nuestras luchas internas, no son nada comparada con lo que tuvimos que sufrir en la historia. Además, como Israel es fuerte, los judíos argentinos, ingleses, rusos, francés también son más fuertes. Eso nos da mayor protección a todos, sea donde sea que vivamos. Y eso es gracias a la existencia de Israel”.
Plural Jai, 21 de Julio de 2012





