Fue una mujer común viviendo situaciones extraordinarias. Jamás imaginó, al casarse con Marshall Meyer, que debería ser uno de sus principales sostenes cuando este rabino debió confrontar con una de las más feroces dictaduras del mundo, la de Argentina.
Naomi Mayer estuvo en Tucumán invitada al Encuentro de las Comunidades Judías del Bicentenario, lugar donde se hizo espacio para dialogar con VIS A VIS. En un repaso por su vida, relata que conoció a Meyer cuando ella tenía 14 años, en un majané al que el futuro rabino, con entonces 21 años, había asistido como alumno de la Universidad de Dartmouth, en New Hampshire, para estudiar temas vinculados a las organizaciones comunitarias de adolescentes.
Coincidirían en un micro que los transportaba, aunque formarían pareja unos años después, mientras Marshall culminaba su doctorado en filosofía de la religión en la Universidad de Columbia, cuando además fallecerían los dos padres de Marshall y, en busca de nuevos aires y horizontes, intentaron encontrar otros ámbitos fuera de los Estados Unidos. Así, desde la Union Theological Seminary, donde ya se había recibido de Rabino, le sugirieron ir a Japón, Brasil o la Argentina, pero sería nuestro país el primero en responder las solicitudes de los Meyer, por lo que llegaron aquí en 1959.
¿Cómo recuerda aquella comunidad judía en Argentina?
Los primeros tiempos fueron difíciles. Marshall fue designado asistente del Rabino Guillermo Schlessinger en el templo Libertad, con un pequeño salario. Pero para nosotros lo peor era que todo allí era muy viejo, anticuado, con los servicios totalmente en hebreo, sin música, y nada que despertase el interés de las nuevas generaciones, que era la población que le interesaba a Marshall. Entonces, lo primero que hizo Marshall fue mandar una carta al consejo directivo, enumerando todas las cosas que estaban mal. ¡Y lo hizo apenas llegó! (risas). Es que su personalidad no era para ser un mero asistente. Así que no funcionó, pero Marshall empezó a tener mucha gente que lo seguía, con lo que primero formó un Minian, y luego fundó Bet-El, a donde llevó a estos jóvenes y muchos de sus padres, judíos muy comprometidos pero que no encontraban en Libertad un espacio propio.
¿Cómo fue vista por la comunidad la fundación de Bet-El?
Algunos realmente lo odiaban, porque lo de Marshall era una revolución, y toda revolución tiene sus enemigos. Marshall rompió con lo estático, con la falta de juventud, con la falta de castellano y de vinculación entre el judaísmo y la sociedad, teniendo en cuenta en que en la historia judía todas las comunidades han tenido exitosas integraciones a las sociedades en las que viven.
Su mayor opositor dentro de la comunidad fue Nissim Elnecave, quien desde su revista “La Luz” profirió fuertes acusaciones contra Meyer…
Elnecave tuvo desde un principio un problema personal con Marshall. Apenas llegado, publicó una caricatura suya en “La Luz”, ridiculizándolo en su accionar. A él le disgustaban los cambios que buscaba introducir Marshall, y por eso lo acusaba de todo, primero de ser un comunista, luego un agente del capitalismo norteamericano, después, de su gusto por la violencia ya que decía que Marshall había sido boxeador, cuando en realidad había sido basquetbolista. Todas las acusaciones Marshall las vivió mal, no era insensible, pero tenía que seguir adelante, porque tenía una misión, que claramente molestaba a muchos, y si parás cada vez que alguien te ataca estas frito, pero igualmente el también tenía su gente que lo apoyaba, y tenía un temperamento muy fuerte.
¿Cómo era su vida al lado de Marshall?
Yo estaba muy comprometida con su trabajo. Planificaba los majanot y enseñaba historia judía a los madrijim en el Seminario, además de asistir a Marshall en muchas otras actividades de Bet-El. Pero también tenía algo propio, un negocio en Once bajo la franquicia de Sarah Key, donde fabricaba y vendía de forma mayorista. Ahí estaba con una socia, ya que Marshall no tenía tiempo de ayudarme, salvo en contadas oportunidades como antes de las navidades, donde estábamos tan colapsados que Marshall podía ayudar empaquetando los pedidos. Una de esas noches, tuvo un casamiento, y por la noche, una de las asistentes le dijo que creía haber visto a alguien muy parecido envolviendo cajas en un negocio de Once (risas)…
Con la llegada de la dictadura cívico militar, Marshall tuvo un rol público heroico ¿Cómo lo vivía en la intimidad?
Estaba agotado. Todo el tiempo, a cualquier hora, la gente lo llamaba para pedirle ayuda, por un familiar desaparecido o porque ellos mismos estaban en peligro. Además, siempre había gente casa y había mucha tensión. Teníamos miedo por los chicos. Mucha gente me pregunta por qué no mataron a Marshall, y creo que tuvo que ver su pasaporte norteamericano. Él llegaba a casa, contaba cosas y encima mucha gente le decía que estaba exagerando. Todo comenzó a ser constante, y Marshall lo tomó muy en serio, vinculándose con las embajadas para solicitar ayuda. Muchos le preguntaban si estaba intentando hacer política y él les explicaba que no, que actuaba como Rabino y que quería “cuidar su rebaño”, pero también a todo ser humano, más allá de si era o no judío. Claro que quienes más recurrían a él eran los judíos, porque no tenían adonde ir, las instituciones judías no respondían.

Naomi, en el Encuentro de Tucumán sentada junto al embajador de Israel Ilán Sztulman, su esposa, Jaqueline Lembert, y el gobernador de Tucumán Juan Manzur. (Foto: FB Ilán Sztulman)
En efecto, la DAIA y la AMIA fueron muy criticadas ¿Existió de todas maneras algún tipo de colaboración con Marshall?
¿De la AMIA y la DAIA? Todo lo contrario. Diferente fue el caso de la Embajada de Israel, que tenía un papel muy difícil por ser la representación de un país extranjero, pero creo que el embajador Ram Nergued sí acompañó a Marshall y a muchos judíos desesperados, no tanto como me hubiese gustado, pero si dentro de sus posibilidades. De todas maneras, Marshall no estaba solo, el rabino Roberto Graetz también ayudó mucho, así como los periodistas Bob Cox y Herman Schiller, y otra gente cuyos nombres ya no recuerdo.
Sin embargo, dentro de la comunidad, siempre se habla especialmente del rol de Marshall Meyer…
Bueno, el tenía una voz muy fuerte, y era muy carismático. Así que cuando él decía algo, tenía un peso distinto. Era una persona muy fuerte, un líder. Y sabía contener.
¿Fue Marshall quien logró la liberación de Jacobo Timerman o fue el gobierno norteamericano?
Creo que fue un poco de todo. Marshall, que era muy amigo de Timerman, contribuyó con su presión cuando Jacobo estaba en prisión domiciliaria. Por ejemplo, trajo al premio Nóbel de la Paz Elie Wiesel a la Argentina para poder reclamar por su liberación.
¿Cómo era visto en la comunidad Bet-El y el Seminario Rabínico, que también fundó, su activismo?
Hubo gente que lo apoyaba pero desde lejos. En algunos casos creían que estaba haciendo política, pero en otros la lejanía no tenía que ver con estar en desacuerdo sino por miedo. Le decían que no se metiera en cosas que no eran de su incumbencia, le preguntaban por qué se vinculaba con las embajadas, porque llevaba a las Madres de Plaza de Mayo. Y Marshall les decía que era porque necesitaba contener, y, algo muy común en ese momento, que su renuncia estaba a disposición.
Finalmente fundó el Movimiento Judío por los Derechos Humanos durante la dictadura y luego fue el único integrante extranjero de la Comisión Nacional de Desaparecidos (CONADEP) ¿Cómo vivió esa etapa?
El Movimiento Judío fue una idea de Marshall y del periodista Herman Schiller. En Bet-El no fue muy bien visto pero lo toleraron. Y la CONADEP fue muy fuerte, todas las historias que escuchó aquí y en Europa le eran extenuantes. Comenzó a sentirse cansado, ya tenía 55 años, y sentía que había hecho todo lo que pudo hacer, publicaciones como la revista Majshavot (pensamientos), majanot, Seminario, Bet-El, Derechos Humanos. Así que empezó a decir que necesitaba un cambio, sobre todo porque creía que aún le quedaban energía, pero para otro capítulo de su vida, y necesitaba nuevos desafíos. Así que en Agosto de 1984 regresamos a los Estados Unidos.
¿Cómo fueron aquellos años, hasta su fallecimiento en 1993?
Inicialmente arribamos a una comunidad de California, en donde no le fue bien, así que lo designaron en Nueva York, en una sinagoga viejísima de Manhattan, llamada B’nai Jeshurun, que casi no tenía gente ni fondos porque el rabino anterior se había robado el dinero, y para no encarcelarlo y generar una crisis vendieron parte de sus instalaciones. Apenas llegamos tuvimos que lograr formar una Minian, pero Marshall la hizo crecer, y trabajó en causas como la de los enfermos de sida, una afección que estaba en su apogeo, o ayudando a inmigrantes latinos sin hogar. Para cuando falleció, B’nai Jeshurun era una de las sinagogas más importantes de Nueva York. Así era Marshall.
Sus hijos, con la misma estirpe
Al hablar sobre sus hijos, lo primero que menciona Naomí es como llegaron a darles sus nombres. “Queríamos ponerles nombres bíblicos, pero solo se podían poner nombres en castellano. Así que los llamamos Ana, Daniela, y Gabriel, aunque para nosotros siempre fueron Anita, Dodi y Gaby. Luego, exhibe que el legado de Marshall se encuentra muy presente en todos ellos. “Anita estudió Bellas Artes aquí y es profesora en Nueva York, Dodi terminó medicina en la UBA y ejerce en el Hospital Columbia. Las dos trabajan con comunidades dominicanas, aprovechando su español y su interés en la función social. De hecho, algunas alumnas de Anita son pacientes de Dodi. Y Gaby vive en Israel, donde es músico y fundó la comunidad Sulja, que en árabe quiere decir “reconciliación”, donde trabaja integrando palestinos e israelíes”.
Su opinión política, de Estados Unidos a la Argentina
Una de las célebres frases de Marshall, era que los rabinos “en una mano tienen que tener la Tora y, en la otra, el diario”. Naomi también se interesa mucho por la política, y lo primero que exhibe es su temor por la posibilidad de que Donald Trump gane las elecciones norteamericanas. “Trump es un fascista, estoy haciendo toda la fuerza por Hillary Clinton, que no era mi preferida, ya que apoyé desde un principio a Bernie Sanders, pero creo que el hizo bien en bajarse, ya que la amenaza de Trump nos obliga a no darle ninguna ventaja a este hombre”. Respecto a la realidad argentina, afirma que trata de evitar sus opiniones “porque mis amigos están divididos entre anti-K y K, aunque estos últimos son mayoría, y además muy fervientes, si les decís ‘pasame el agua’, pueden empezar un monólogo político de dos horas (risas), aunque hoy en día con las elecciones los norteamericanos también están muy politizados. Así que prefiero decir “no comments”, pero sí puedo decir que me parece que hay una especie de macartismo contra Héctor Timerman, me nace hacer la misma pregunta que el abogado Joseph Welch le hizo a Joseph MacCarthy ‘¿No tienen un mínimo de decencia?’. Creo que más bien se trata de una caza de brujas contra Cristina Kirchner y en la cual cae Héctor por haber sido su canciller. La acusación de que el Memorándum era por negocios no me cierra, ya que el petróleo iraní no sirve para la Argentina. De todas formas pruebas no tengo ni estoy empapada en política, pero tengo la palabra de Héctor, lo conozco bien y lo considero un hombre íntegro”.
Vis a Vis, 14 de septiembre de 2016





