Ellen Marx, guerrera del siglo XX

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Ellen Marx, guerrera del siglo XX


Al observar su baja estatura, delgadez, y aparente fragilidad de cualquier adulto mayor, difícilmente se podría pensar que esa misma persona, Ellen Marx, estuvo cara a cara, enfrentó, y sobrevivió a dos de los mayores monstruos del siglo XX. Pero sin embargo, mucho más que en sus desgracias, el valor de sus palabras se encuentra en su encantadora personalidad, y no es su historia la que la hace especial, sino ella misma.
Allí, en su departamento situado en la calle Blanco Encalada del barrio de Belgrano, a sólo dos cuadras de una agitada avenida Libertador, reina una calma inusitada, tan contrastante como sus suaves modales frente a sus guerras pasadas. Pero Ellen es, toda ella, una mujer de contrastes. Su pasado de muertes con la vida que destila, sus testimonios con su inmenso sentido del humor, su edad con su juventud.

Sobre una mesita cercana, acompañando el té que sirve en elegantes tazas de vidrio marrón oscuro, se encuentra una extensa autobiografía en alemán, que Ellen está traduciendo al español. Es de una austriaca que, nos dice, vivió durante sus tiempos y falleció diez años, donde “su vida tiene muchos puntos de contacto con la mía” lo que en otras palabras podría significar huidas y pérdidas tempranas. Pero no es esa la única tarea de esta mujer que a los 79 años se encuentra totalmente activa, pues afirma que también da clases de alemán a alumnos que le quedaron de la época en la que era maestra y continua en la militancia por los Derechos Humanos.

Al hablar de esto último, hace referencia a la causa iniciada en 1998 en los Tribunales de Nüremberg contra la Junta Militar del Proceso, luego de que junto a un grupo de madres de desaparecidos de origen alemán por la última dictadura cívico militar, se sumaran todas ellas a la “Coalición contra la impunidad”, una federación de organizaciones civiles creada por Adolfo Pérez Esquivel e integrada por los organismos más prestigiosos de Derechos Humanos, así como las iglesias católica y protestante de Alemania. Esta organización funciona tanto en ese país como en Argentina, e intenta repetir la experiencia española liderada por el juez Baltasar Garzón para lograr juzgar a los responsables de los asesinatos y desapariciones de argentinos con raíces europeas durante el Proceso.

Pero para conocer toda su historia, es necesario remontarse a una Berlín de entreguerras, donde, en 1921 Isidoro Pinkus, corredor de productos de cuero y Gertrud Hoffnung, activista en la Liga Germana por los Derechos Humanos dieron luz a su única hija, Elena Renata. Eran tiempos de profunda miseria para la Alemania de la República de Weimar, que para la pequeña Ellen, ausente aún de esos problemas de un exterior cada vez más sombrío, fueron vividos como años hermosos, con un hogar que la cobijaba y la cuidaba.

Al igual que la gran mayoría de los judíos alemanes, a Ellen le transmitirían un fuerte sentido de pertenencia, que incluiría educación pública y una participación activa en la vida alemana. “Nos sentíamos parte de Alemania”,cuenta, “porque nuestras familias databan de doscientos años en el país, incluso un bisabuelo mío luchó valientemente contra Napoleón, y por eso le dieron la carta de ciudadanía, ya que por ese entonces no todos los judíos la poseían. Los lazos con la cultura eran muy fuertes, y aún hoy día me encuentro citando a Goethe y a Schiller. Existía un gran orgullo y un sentido cultural, pero no nacionalista, en gran parte gracias a mi madre, que era socialista y formaba parte de la liga de Derechos Humanos, por lo que poseía una mirada más amplia que la del resto. Pero ese mundo se acabó pronto”.
Para 1933, Hitler asumía como canciller y los recuerdos de Ellen son los de cruces esvásticas pintadas en las calles, negocios judíos vandalizados, y hombres de uniforme marchando mientras la gente vivaba y aplaudía. Dos años más tarde, después de las leyes de Núremberg, su ciudadanía ya no era reconocida y, como sus demás compañeros judíos, Ellen fue echada del colegio estatal donde la mayoría de los profesores ya se identificaba con el nazismo. La policía secreta nazi, la Gestapo, por su parte, llegaba a la casa de los Pinkus para arrestar a Isidoro, quien afortunadamente no estaba en su hogar pero tras lo cual debió esconderse fuera de su hogar. Así, la salida de Alemania comenzó a ser la única que se vislumbraba para la salvación.

 

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La Bund Deustch-Judischer Jugend (Agrupación de la Juventud Judeo-Alemana) era un centro de reuniones de Berlín donde se concurría durante los sábados a estudiar hebreo e historia judía, además de organizarse juegos y campamentos. Pero para cuando Ellen se incorporó en 1935, la principal función de los líderes era la de organizar los escapes de los jóvenes, intentando conseguir la mayor cantidad de visas y contactos en el exterior. Poco a poco, fueron partiendo los grupos a diferentes países con los que los jóvenes tenían lazos o familiares, pero Ellen era parte de uno de los tres últimos que, señala “no teníamos ni un solo familiar en el mundo, y debíamos conformarnos con alguna que otra recomendación, aunque pienso que aquello de no tener un lugar en el mundo no es nada nuevo para los judíos”.

El primero de los tres grupos logró visas para entrar a Brasil, pero este país cerró su cuota de inmigración antes que los demás pudiesen ingresar, por lo que debieron ingeniárselas para conseguir en tiempo record otro país que los albergue. Entonces, narra Ellen, un matrimonio, los Riegner “posibilitaron que unos sesenta jóvenes pudiésemos inmigrar a la Argentina. Ellos eran el enlace con las instituciones judías que financiaban el proyecto y respondían por nosotros ante las autoridades. Además, cada uno debía pagar su arancel de inmigración, pero como los judíos teníamos prohibido disponer de dinero, mi padre le escribió a un conocido que estaba vinculado a un banco en Palestina para que realizara el pago, con lo cual pude ingresar a este país”.

Así, un 13 de abril de 1939 se despidió para siempre de sus familiares y emigró a la Argentina, señalando que “todo ese gran amor que sentí con Alemania fue de alguna forma un desengaño. Y durante muchos años no quise ni pensar en ese país, porque recordaba a todos mis familiares que estuvieron en Campos de Contración”, añadiendo que “guardo de mi abuela algunos mapas antiguos que poseían pequeñas superficies blancas en los lugares que aún no habían sido descubiertos. Esas mismas manchas blancas tenía yo en mi memoria al pensar en Alemania, y todos los que huimos de nuestros países de origen hemos necesitado mucho tiempo, casi treinta años, para llenar esos puntos con vida, para volver a establecer lazos, ese fue el tiempo que tardé en desear recuperar mi ciudadanía a fines de la década del sesenta”

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Con 18 años recién cumplidos y siendo la menor del grupo, Ellen abordó un barco que haría trasbordo en Paris, tras lo cual contraería polio, enfermedad de la que si bien pudo recuperarse, le dejó como secuela dificultades para erguirse completamente. Al cabo de unas semanas, llegó a un país totalmente desconocido, del que se sorprendió al ver los cientos de banderas que flameaban por todas partes, las cuales se enteraría luego, eran por un aniversario de su Revolución de Mayo. El primer lugar al que se dirigió fue a una pensión alquilada por la Asociación Filantrópica Israelita, donde las parejas eran separadas porque no había lugar para la privacidad, pero a Ellen aquello la tuvo sin cuidado porque aún estaba sola, literalmente hablando, en el mundo. “Al principio no tenía a nadie. La gente suele sentarse entre dos sillas, pero yo estaba sola en medio de muchas, tanto humana como afectivamente, y no fue fácil estar allí”, cuenta, agregando que “ordené lo poco que tenía en mi valijita, como una ropa y unos remedios que mis padres me habían dado para mis primeros tiempos en el país, pero al otro día desapareció todo”.

Inmediatamente tuvo que salir a conseguir empleo, el cual obtuvo por medio de una compañera que le dejó su puesto como niñera cama adentro en una casa de Recoleta, pero la experiencia le duró sólo dos meses, ya que, cuenta “cierto día esta familia fue a visitar a una parienta que estaba de novicia en San Miguel, y ella les dio a entender que yo era judía, por lo que fui echada y debí regresar a la pensión”.

Su siguiente trabajo fue en casa de una familia francesa, donde debía atender a los cinco hijos del matrimonio, limpiar la casa y responder al exquisito paladar durante las cenas, por lo que al tener la oportunidad de cambiar de trabajo no lo dudó y recaló en casa de un médico judío, también refugiado, que junto a su señora tenían una pensión para ancianos y enfermos en la calle Virrey Loreto. “No era tanto trabajo como el anterior”, dice Ellen “pero debía hacer cosas para las que a los 18 años aún no estaba preparada, como enseñarle a leer a un niño con Síndrome de Down o atender a una anciana con cáncer”.

 

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Mientras se sostenía económica y emocionalmente con mucha dificultad, Ellen recibió una postal de su madre en la que le comunicaba que su padre ya no estaba con ellos, tras lo cual dejó de recibir correspondencia, debido a que Gertrudis fue deportada a Auschwitz, donde en 1943, y como otros nueve familiares, sería asesinada. Pero en Argentina su situación comenzó a cambiar, pues un primo suyo que también había logrado escapar de Alemania, y se encontraba trabajando en los Estados Unidos para el American Jewish Joint Distribution Committee, realizó con esta organización una visita a la Argentina. Era la primera vez en mucho tiempo que Ellen veía a un pariente, sobre el que narra que “tuvimos poco tiempo para tomar contacto, pero debe haber sentido que necesitaba cumplir conmigo así, que me consiguió un trabajo”. Por aquel entonces se estaba formando el Hogar Infantil de la Asociación Filantrópica Israelita, y, con esa recomendación, Ellen pudo ingresar a trabajar como maestra jardinera, con lo que, narra, “por primera vez en años volví a sentirme un ser humano, trabajaba día y noche, pero me sentía útil. Estaba con una directora que era excelente, tanto humana como profesionalmente, y organizó el hogar con una visión totalmente moderna, donde el trabajo se hacía con los niños, pero también con los padres. Allí estuve durante 14 años”.

La vida comenzaba a sonreírle a Ellen, y no sólo en el plano laboral, pues cuenta que “cuando salimos de Alemania, nos hicimos la promesa de ayudarnos los unos a los otros y fundar una nueva comunidad, así que al llegar alquilamos unos salones, los remodelamos, e inauguramos la Nueva Comunidad Israelita, la NCI”.Como gran aficionada a la música, Ellen concurriría allí muy seguido a ese espacio, donde conocería a su pianista, Erich también refugiado y cuyos padres habían sido asesinados en Theresienstadt, quién en 1942, en una caballeriza de la calle Virrey Loreto refaccionada como sinagoga, se convertiría en su marido. “Tenía sólo 20 años, pero con lo que había vivido ya era una adulta”.

Los años que transcurrieron junto a su esposo los define como los más felices. “Fueron duros en lo económico, aunque logramos salir adelante, él como empleado en una oficina, y yo en la comunidad Lamroth Hakol, en la cual estuve por más de veinte años y donde por fin sentí que encontré mi lugar y no solo un trabajo para subsistir, al igual que cuando di clases de alemán en elcolegio Pestalozzi. Pero mi orgullo mayor fueron mis cuatro hijos, el primero de ellos lo tuve a los 22 y el último a los 43”.
Si bien Ellen deseaba ir a vivir a Israel, su esposo Jeremías sentía que a su edad no podría afrontar un nuevo comienzo luego de su inmigración a Argentina, y es por eso que Ellen respetó su decisión, aunque quienes sí hicieron aliá fueron sus hijos mayores, Miriam y Daniel “Israel es bárbaro” dirá Ellen, “fui como doce veces, ya no de turista, y cada vez que regreso vuelvo admirada por su vida cultural y su asistencia social”.

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Desde muy pequeña, su tercera hija, Nora, tuvo una inclinación política y social que inicialmente manifestó en el Movimiento de Juventudes Sionistas de Argentina. Y tras finalizar el colegio secundario en 1966 e ingresar a la carrera de meteorología en la Universidad de Buenos Aires, comenzó su militancia en una organización peronista de base de Mataderos, llamada Justicia Social, desde donde comenzó a dar clases de apoyo a niños de distintos barrios de emergencia y villas de Buenos Aires, además de recolectar ropa y otros objetos para repartirlas en esos hogares. Al terminar sus estudios universitarios en 1971, fue contratada como personal civil para la Fuerza Aérea Argentina con el fin de monitorear las condiciones climatológicas y de seguridad en los aeropuertos, ingresando de esta forma al Sindicato del Personal Civil y Técnico Argentino del Aire, ATEPSA, desde donde apoyaba las demandas de sus colegas en materia de reclamos laborales y salariales.
Tras el Golpe de Estado que derrocó a Isabel Perón en marzo de 1976, se decretó una ley de disponibilidad que permitía relevar de su cargo a los empleados públicos sin justificación alguna, con lo que para fines de mayo de ese año, Nora fue despedida, y aunque unos conocidos le consiguieron trabajo en el INTI, también de allí fue echada.
Poco tiempo más tarde, el sábado 21 de agosto, Nora quedó en encontrarse con amigos para ir al cine. Pero jamás llegó.

“Eran aproximadamente las ocho de la noche”, cuenta Ellen, “y yo me encontraba en mi casa cuando recibí una llamada de su novio. Me pregunto si Nora estaba aquí y le respondí que no, que había salido a las tres de la tarde. Allí comenzó todo”.Al preguntársele cuales fueron sus siguientes pasos y a donde concurrió, Ellen prefiere decir “mejor preguntame a donde no concurrí. Si alguna vez hablaste con madres de desaparecidos, tené la seguridad de que todas hacíamos lo mismo. Estábamos desesperadas y corríamos para todos lados, no aguantábamos estar sentadas en una silla. Tengo incluso un montón de cartas del Ministerio del Interior, que esto, que lo otro, que lamentablemente no podían darnos ninguna noticia, todos tenían la misma respuesta negativa, incluso en la comisaría en la que estuvo detenida. Y los que hablaban un poco más, era porque querían sacarme alguna información”.A nivel comunitario, señala que “de la Daia, al igual que desde la Embajada de Israel, debo decir que algo hicieron e intentaron ayudarme, pero lo que fue absolutamente negativo fue la atención que me dispensaron, quienes nos recibían no estaban preparados para hacerlo ni tenían  una formación profesional en el trato humano, el punto de llegarme a decirme cosas como por qué no había educado mejor a mi hija”.

A partir de 1977, Ellen ya participaba de las rondas junto a otras madres de desaparecidos en la Plaza de Mayo y durante la búsqueda,entró en contacto con la familia de Alberto Pites, un compañero de militancia de Nora que había sido secuestrado pero luego legalizado como preso “regular” y enviado a una cárcel en Rawson, desde donde pudo volver a tomar contacto con sus padres. De esta forma, Ellen pudo reconstruir parte del secuestro de Nora, que se inició cuando desde el Primer Cuerpo del Ejército de Capital Federal, al mando de Guillermo Suárez Mason detuvo a uno de los compañeros de Nora, quien utilizaba el taller de su padre en Mataderos como imprenta y para efectuar las reuniones. Tras su secuestro, fue puesto en libertad, pero solo para ser utilizado de señuelo, y así poder secuestrar a los militantes con los que entraba en contacto, entre los que se contaban Pites, Nora, y otros tres compañeros. Todos ellos fueron llevados a la comisaría 42 de Mataderos para sufrir torturas y tormentos tras lo cual, según se reconstruyó, posiblemente Nora no haya sobrevivido a los daños infligidos.

Ellen dice que no puede señalar con fechas por cuanto tiempo conservó la esperanza de encontrar a Nora, porque la mismas no es una cosa estable. “Es algo que surge y aumenta porque se ve nutrida por algo, pero que de repente puede desaparecer, o simplemente surge porque uno se levantó bien o soñó algo positivo.Pero hoy la esperanza ya sería algo irracional, y ya no la tenía al viajar a Alemania por primera vez, en una reunión por Derechos Humanos en 1983, aún durante el gobierno militar”.Poco tiempo después, de hecho, se instalaría una placa conmemorativa de Nora y otros desaparecidos en la Facultad de Ciencias Naturales de la UBA de donde Nora había egresado.

Suena el teléfono y se detiene la entrevista. “Pueden ser novedades del juicio”, dice, y sale corriendo para recibir un fax. Al volver con las hojas, comienza a traducir del alemán la información que le acaba de llegar. Sonríe bajo la posible esperanza de encontrar algo de justicia, tal como lo esperan los familiares de desaparecidos de origen español con los juicios que impulsa en ese país el juez Baltasar Garzón.

¿Cómo tomaba la militancia de su hija?

Pienso que el adolescente necesita libertad de movimiento, se le debe dar la oportunidad de desplegarse en la forma que quiera. En un principio ella iba a las villas miserias a ayudar a la gente, lo cual me parecía perfecto, porque durante dos generaciones en mi casa estuvo la premisa de ayudar al prójimo, y yo también necesité de los demás. Pero veía que la cosa empeoraba, y le decía que se cuide, que esto iba muy en serio. Ellos me decían que lo hacían, pero continuaban con su actividad. Editaban con la Juventud Peronista un diarito mensual llamado “Evita montonera”, y yo le decía que todo eso era perfecto, pero no me gustaba el culto a la personalidad, aunque me decía que a ella tampoco, pero que con eso se podía llegar a la gente.

¿Cuál es la diferencia entre un familiar asesinado y uno desaparecido?

En este momento están tan ausentes mi hija como mi madre, a la que no le pude dar los cuidados necesarios en sus últimos años, y en ambos intervino la mano del hombre. Yo, como ser humano, me puedo resignar a que una persona muera en un determinado momento, lo cual es más difícil si esa persona es joven, pero igual lo tengo que asumir. Pero a lo que no me voy a resignar nunca es a que un hombre se muera a manos de otro. Eso jamás lo voy a hacer..


Isidoro y Gertrudis Pinkus, sus padres: “Mi padre falleció en su cama, pero mi madre, al igual que toda su familia, en las cámaras de gas”.


Nora, su hija. “Recibí una llamada anónima a los catorce días de su secuestro. Decían que enviaba saludos y sería liberada en treinta días”


Carnet de Nora en su trabajo en la Fuerza Aérea


Junto a su grupo de madres de Desaparecidos de origen alemán.“Somos un total de 72, y no sé por qué razón jamás armamos una estructura formal, pero es así como jamás nos hemos separado ni peleado entre nosotras”


En Alemania, durante una conferencia de familiares de desaparecidos argentinos de origen alemán.

 

Esta entrevista fue realizada en diciembre de 2000, y obtuvo el reconocimiento del jurado del Certamen Literario “De Ana Frank a nuestros días” del Centro Ana Frank Argentina para América Latina.

Ellen Marx falleció a los 87 años, en septiembre de 2008, en el Centro Hirsch para ancianos de la localidad de San Miguel

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